Respetado lector:

Queremos con estos documentos preparados y adicionados por el Ministerio de Liberación y Sanación, que usted pueda tener un mejor conocimiento sobre los temas elegidos y sea de provecho para su vida y todos los suyos.

viernes, 4 de noviembre de 2011

EL SECRETO ADMIRABLE DEL SANTO ROSARIO, MATRIMONIO Y UNION LIBRE, COMULGAR SIN CONFESARSE

El secreto admirable del Santo Rosario




El Rosario significa: Corona de Rosas.

Desde cuando el Beato Alano de la Roche, restauró esta devoción, la voz del pueblo que es la voz de Dios, la llamó Rosario, es decir, Corona de Rosas, lo cual significa que cuantas veces se recita el Rosario como es debido, colocamos en la cabeza de Jesús y de María, una corona de ciento cincuenta y tres rosas blancas y dieciséis rosas encarnadas del paraíso, que no perderán jamás su belleza ni esplendor. La Santísima Virgen aprobó y confirmó el nombre del Rosario, revelando a varias personas, que le presentaban tantas rosas agradables cuantas Avemarías recitaban en su honor y tantas coronas de rosas como Rosarios.

El hermano Alfonso Rodríguez S.J., rezaba con tanto fervor, que veía con frecuencia salir de su boca una rosa encarnada a cada Padre Nuestro y una rosa blanca a cada Avemaría: iguales ambas en belleza y fragancia y sólo diferentes en color.

¿Cómo rezar el Rosario?

Pureza del alma. El fervor de nuestra plegaria y no precisamente su longitud agrada a Dios y le gana el corazón. Una sola Avemaría bien dicha es más meritoria que ciento cincuenta mal dichas.

Quien reza el Rosario debe hallarse en estado de gracia o estar al menos resuelto a salir del pecado. Efectivamente, la teología nos enseña que las buenas obras y plegarias realizadas en pecado mortal, son obras muertas que no logran agradar a Dios ni merecer la vida eterna. En este sentido dice la Escritura: No corresponde a los pecadores alabar (Eclo 15, 9).

Ni la alabanza ni la Salutación Angélica (El Avemaría), ni la misma oración de Jesucristo (El Padre Nuestro), pueden agradar a Dios cuando salen de la boca de un pecador impenitente: Este pueblo me honra con sus labios, pero su corazón está lejos de mí (Mc 7, 6).

Esas personas que ingresan en mis cofradías –dice Jesucristo- que recitan todos los días el Rosario o parte de él, pero sin contrición alguna de sus pecados, me honran con los labios, aunque su corazón está lejos de mí.

He dicho “o estar, al menos, resuelto a salir del pecado”:

1.    Porque si fuera necesario estar en gracia de Dios para orar en forma que le agrade, la consecuencia sería que quienes están en pecado mortal no deberían orar –no obstante tener más necesidad de ello que los justos- y, por consiguiente, no debería aconsejarse a un pecador que rece el Rosario o parte del mismo, porque le sería inútil, pues es un error condenado por la Iglesia.

Lo correcto es aconsejar que salga primero del pecado confesándolo ante el sacerdote para obtener la absolución del mismo y luego, rece el Santo Rosario.

2.    Porque, si te inscribes en alguna cofradía (grupo de oración) de la Santísima Virgen, rezas el Rosario o parte de él u otra oración con voluntad de permanecer en el pecado o sin intención de salir de él, pasarías a ser del número de los falsos devotos de la Santísima Virgen y de los devotos presuntuosos e impenitentes que bajo el manto de María, el escapulario sobre el pecho y el Rosario en la mano, van gritando: “Santa y bondadosa Virgen, yo te saludo, oh María” y entre tanto, crucifican y desgarran cruelmente a Jesucristo con sus pecados y, desde las más santas cofradías de Nuestra Señora, caen lastimosamente en las llamas del infierno.

Así pues, no agrada ni puede agradar a Dios el que exhortemos a un pecador a hacer del manto protector de la Santísima Virgen, un manto de condenación eterna para ocultar sus crímenes y cambiar el Rosario –que es remedio de todos los males- en veneno mortal y funesto. ¡La corrupción de lo mejor es la peor!

La Virgen María, mostró un día hermosos frutos en una bandeja llena de inmundicias, a un impúdico que recitaba constantemente el Santo Rosario todos los días. Él se quedó horrorizado. La Virgen le explicó: “¡Tú me sirves así! ¡Me presentas bellísimas rosas en un vaso sucio y contaminado! ¡Juzga tú mismo, si me agradará!”.


LA UNION LIBRE y EL MATRIMONIO




¿Unión Libre? O ”¿Abandono Fácil?”

Mateo 24:38 Porque como en los días antes del diluvio estaban comiendo y bebiendo, casándose y dando en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca, 39 y no entendieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre.

Muchos en nuestros días promueven la unión libre, que es una relación entre dos personas donde no hay ni se exige compromiso permanente ni responsabilidades entre la pareja. Entran en una relación de vivir juntos, compartir bienes y el fruto de sus labores económicas (aunque normalmente cada uno guarda celosamente su propio dinero), y de tener relaciones sexuales a su gusto. Se comparten la vida, sin responsabilidades y obligaciones como de entre casados. Esto es el paraíso para unos, pero con tiempo, se ve que tiene más problemas que un mal matrimonio. Pero, ¿Qué dice Dios?

¿Qué es el Ejemplo para Nosotros?
Hay muchas cosas que personas creyentes han hecho en la Biblia que no son normativas, o sea, que no es permitido, menos obligatorio, que seguimos sus ejemplos porque alguien en la Biblia hizo algo. Por ejemplo, David vio una mujer bañándose una tarde en su techo, y ella era desnuda y muy bonita. David la quiso, y mandó por ella, y la dejó embarazada, y luego mató a su esposo para conseguirla. Todo esto no es ejemplar, sino demuestra las fallas y flaquezas espirituales en David. Es un error de tomar todo ejemplo bíblico como bueno, normativo, o que nos da permiso. El ejemplo en que debemos fijarnos es en Adán y Eva. Dios creó dos personas, hembra y macho, y estos dos son lo que Dios quiso para constituir y establecer una familia, bendiciéndoles por medio de tener hijos.
Gén 2:24… dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.

Parte de nuestro entendimiento debe ser una regla fuerte que cualquier otra persona que entra en esta relación con uno u otro de estas personas de un matrimonio causa pecado. Usamos el concepto de adulterio para describir esto.

1Co 6:16 ¿O no sabéis que el que se une con una ramera, es un cuerpo con ella? Porque dice: Los dos serán una sola carne. 18 Huid de la fornicación. Cualquier otro pecado que el hombre cometa, está fuera del cuerpo; más el que fornica, contra su propio cuerpo peca.

Hay una unión entre esas personas quienes tienen relación sexual entre sí. Esta es algo físico tanto espiritual. Por esto hay prohibición de frecuentar a rameras, o de entrar y salir de relaciones sexuales “como marineros” (al gusto).

El Adulterio es Pecado
Éxo 20:14 No cometerás adulterio.

Cuando dos personas (una de ellas casada) tienen relación amorosa o sexual, y las dos personas no son legalmente casadas una con la otra, entonces es adulterio. Dos solteros no puede hacer adulterio por que por definición uno de los dos tiene que ser casado para que sea adulterio. El castigo por adulterio bajo la ley del Antiguo Testamento era la muerte, el ser apedreado por el pueblo (Deu 22:22-24).

Dios es muy en serio sobre la destrucción de hogares por personas ajenas (o por personas de adentro del hogar) “lo que Dios juntó, no lo separe el hombreMat 19:5. Esto nos ayuda de entender que fallas en el matrimonio son de seria  importancia para con Dios. Entonces entendemos que el matrimonio es sagrado en los ojos de Dios, Heb 13:4 Honroso sea en todos el matrimonio, y el lecho sin mancilla; pero a los fornicarios y a los adúlteros los juzgará Dios.

El acto de sexo no es pecado sino sagrado, pero siempre cuando es en la ligas del matrimonio. Cuando personas hacen sexo con otros sin tener el compromiso de matrimonio entre ellos, es un pecado que Dios va a juzgar.

Unión Libre
Hay una maldad que hoy en día es muy popular en nuestro mundo, y esto es el concepto de “unión libre.” Unión libre no es libre. Debe ser llamado el matrimonio de abandono fácil. Cuando dos personas viven juntas sin casarse, que quieren decir es que ellos no respetan los votos conyugales ni tiene seriedad sobre la importancia que Dios ha impuesto sobre el matrimonio. No hay nada “libre” de vivir junto con alguien y tener relaciones sexuales con esta persona. Las obligaciones y responsabilidades existen ni modo. Hasta autoridades civiles han demandado que parejas en unión libre respetan y cumplen con los deberes y responsabilidades aunque no tienen un “matrimonio oficial.” Esto es porque son responsables ni modo que “libres” piensan que es su relación. Hay afección y sentimientos emocionales que se forman que al disolver su relación quedan muy daños. Además con el sexo vienen los niños.

En el concepto de estas personas, se juntan para un rato, y si les gusta estar con esta persona, entonces sigan viviendo juntos. Al momento que le desagrada el vivir con la otra persona, se marcha, cada uno a lo suyo. Cuando hay un producto de esta relación como unos bienes en común, o peor, un niño, entonces sale muy obvio el problema con la unión libre. Mientras la casa se puede dividir en dos, el niño no se puede partir en dos. Y aun con dos o más niños no se hace más fácil, porque cada niño tiene un amor y afecto para los dos de sus padres, y de tratar de borrar este afecto de su mente es simplemente imposible.

En Mal 2:15, Dios dijo, ¿No hizo él uno…¿Y por qué uno?  Porque buscaba una descendencia para Dios.  Guardaos,  pues,  en vuestro espíritu,  y no seáis desleales para con la mujer de vuestra juventud.Dios quiere que el matrimonio produzca hijos para Dios, pero las familias de un solo padre no van a hacer esto.

El Matrimonio es hasta la Muerte Rom 7:1 ¿Acaso ignoráis, hermanos… que la ley se enseñorea del hombre entre tanto que éste vive? Porque la mujer casada está sujeta por la ley al marido mientras éste vive; pero si el marido muere, ella queda libre de la ley del marido. 3 Así que, si en vida del marido se uniere a otro varón, será llamada adúltera; pero si su marido muriere, es libre de esa ley, de tal manera que si se uniere a otro marido, no será adúltera.

Según Pablo aquí, una persona adultera es una persona quien se junta con otra persona mientras que vive su esposo o esposa del previo matrimonio. El matrimonio es un compromiso por vida, y cuando alguien entra en esta relación tiene el placer de tener relaciones sexuales con su pareja, pero no es gratis ni libre. Hay una responsabilidad de aguantar y sufrir los problemas y dificultades que el otro tiene o que el otro te causa. Por ser difícil, no es causa justa delante de Dios de separarse de su pareja.

Mat 19:5 y dijo: Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. 6 Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre.

Cuando Dios forma una familia, una pareja casada en los vínculos de matrimonio, Dios no quiere que se disuelva este matrimonio hasta que Dios lo hace con la muerte de uno o el otro de ellos. Nadie ajena, ni tampoco cualquier de los dos puede deshacer el matrimonio por problemas, o simplemente por el no querer. Una vez juntos, hay responsabilidades que se forman, y Dios prohíbe la separación de estas personas.

La Ley Entiende Nuestros Debilidades.

Mateo 19:7 Le dijeron: ¿Por qué, pues, mandó Moisés dar carta de divorcio, y repudiarla? 8 El les dijo: Por la dureza de vuestro corazón Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres; mas al principio no fue así. 9 Y yo os digo que cualquiera que repudia a su mujer, salvo* por causa de fornicación, y se casa con otra, adultera; y el que se casa con la repudiada, adultera.
* “salvo” puede ser interpretado “aun”.

Dios entiende nuestras debilidades y flaquezas. Dios nos hizo provisiones por que Dios sobre todos entiende que el pecado mal afecta el pensar y portarse del ser humano. Pero aun en permitir el divorcio, no es posible el casar de nuevo mientras su primera pareja vive.

La Formalidad de una Boda
Ecl 5:4 Cuando a Dios haces promesa, no tardes en cumplirla; porque él no se complace en los insensatos. Cumple lo que prometes. 5 Mejor es que no prometas, y no que prometas y no cumplas.

El punto de una boda formal es de reconocer formalmente enfrente de Dios, toda la familia, los socios de trabajo, y los amigos, de las dos personas sus votos y compromiso en juntarse. Por medio de una boda formal, todas las personas envueltas en las vidas de los dos son testigos al compromiso que están haciendo, y la seriedad de sus votos. Lo que hace una unión libre es de burlarse de Dios y la seriedad que Dios pone sobre relaciones matrimoniales y familias. Es de vivir entrando y saliendo de relaciones como juego, menospreciando la institución del matrimonio que Dios ha hecho.

El Problema con la unión libre
El problema principal con una unión libre en lugar de la formalidad de una boda es que deja a Dios afuera de sus vidas, y burla de Dios, además. Esto regresará a causarles daño.

Una relación matrimonial funciona porque hay unos factores importantes: (1) intereses en común entre los dos. (2) principios y elementos en las vidas que unen los dos. Y (3) un deseo de estar juntos, o sea, amor. Ahora el problema es que nunca quedamos parados, sino que estamos en constante cambio. La persona con quien te casaste o te juntaste hace 10 años es muy diferente que ahora. En estos cambios de la vida, los principios morales son el único factor que mantiene la persona sana y “lo mismo”. Por esto un soltero debe poner suprema importancia sobre las creencias de su pareja, y qué tan fielmente se demuestran en su vida actualmente. El proponer es muy fácil, pero el vivirlo fielmente es otra cosa.

¿Cómo arreglamos la Unión Libre?
Primero debemos entender que dos personas que empiezan a vivir juntas ya tienen delante de Dios obligaciones y responsabilidades entre sí. De complicar todo esto con hijos, es de hacer todavía más difícil la situación. Pero generalmente, la solución es de formalizar la relación matrimonial. Delante de Dios, dos personas que sexualmente se han juntado ya son una sola carne. Deben reconocer sus obligaciones y responsabilidades por sus acciones, y hacer su relación formal, y dedicarse fielmente a su pareja. Esto habla de hacer un acta civil, y si son salvos, que deben casarse en una iglesia en una ceremonia religiosa. Una vez que se fijan en la voluntad de Dios, Dios perdona si las personas corrigen sus vidas. “Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más. Juan 8:3-11. Una vez que Dios le ha enseñado la verdad, y la persona responde por dejar el vivir en pecado, y corregir su vida, Dios le perdonará.

¿Comulgar sin confesarse?





¿Es necesario confesarse para comulgar?

Y depende... quien va a tomar la primera Comunión debe confesarse antes de hacerlo. Quien ha cometido un pecado mortal, también debe hacerlo, para recuperar la gracia antes de comulgar. Quien está en estado de gracia no necesita hacerlo.

Premisa:

Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna”. Se recibe al mismo Cristo. Es necesario hacerlo con dignidad.

Dos condiciones. La Comunión no es un premio. No se precisa ser santo para comulgar. Es una necesidad espiritual, pero tiene unos requerimientos básicos.
Las dos primeras condiciones son de origen divino, surgen de la realidad de la Eucaristía y están consignadas en la Sagrada Escritura: 1) estado de gracia; 2) saber a quien se recibe.

Dice San Pablo en I Corintios 11, 27-29:

Quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del
Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma así
el pan y beba de la copa. Pues quien come y bebe sin discernir el
Cuerpo, come y bebe su propio castigo
.

Es necesario distinguir -saber a quién se recibe- y estar en estado de amistad con Dios. La Teología lo llama “estar en estado de gracia”. Se pierde por el pecado mortal, que rompe la comunión de vida con Dios. Se recupera en el sacramento de la Penitencia.

Respecto a la confesión y la Eucaristía, la Iglesia concretó explícitamente dos preceptos: Antes de la Primera Comunión es necesario confesarse.

Si se ha cometido un pecado grave, es necesario confesarse antes de comulgar.

¿Conveniente o necesario?

Salvo los dos casos señalados no es necesario confesarse antes de comulgar. Si una persona está en gracia, aunque haga mucho tiempo que no se confiesa, puede comulgar con toda tranquilidad. No debemos añadir más condiciones que las que realmente existen. La confesión frecuente es una práctica muy recomendable para el crecimiento espiritual, tener el alma más purificada, etc. Pero esto es otra cuestión. Una cosa es la conveniencia de la confesión frecuente y otra distinta que sea necesidad para recibir la comunión si uno está en gracia (que no lo es).

Hasta aquí todo resulta bastante claro.

¿Dónde surge el problema?

En que una persona en estado de pecado mortal puede recuperar la gracia de Dios incluso antes de confesarse.

¿Cómo es eso? Haciendo un acto de contrición perfecta con el propósito de confesar cuanto antes se pueda, se recupera la gracia perdida.

¿Qué es un acto de contrición perfecta?

Es un acto de arrepentimiento del pecado cometido, movido por amor de Dios. Dolor de haber ofendido a Dios, tan santo, digno de amor, grande, bueno, etc.
¿Qué es un acto de contrición imperfecta?

Es el mismo acto, realizado por motivos sobrenaturales, muy buenos todos, pero que no son el amor de Dios: miedo al infierno, fealdad del pecado, deseos de comulgar, peso de la conciencia, etc.

El dolor de la contrición imperfecta es suficiente para recibir el perdón de los pecados en la confesión. Si al dolor de la contrición perfecta se le une el propósito de confesar, se obtiene la gracia -podríamos decir- por adelantado, antes de la confesión.

Entonces, ¿puedo comulgar después de cometer un pecado mortal, antes de confesarme, si hago un acto de contrición perfecto?

- No

- ¿Y por qué no?

Los sacramentos dignamente recibidos dan la certeza de acceder a la gracia de Dios. Actúan “ex opere operato” según explica la Teología: en virtud -por eficacia- de lo actuado que no falla. Si no pongo un obstáculo a su acción, la realiza eficazmente.

En cambio cuando hago un acto de contrición perfecta, estoy en un ámbito no sacramental, en el cual dependo de -por decirlo de alguna manera- la “calidad” de mi acción. No tengo certeza de haber hecho realmente un acto de contrición perfecta. No tengo cómo medir la perfección/imperfección de mi acto de contrición.

Si comulgara así me podría exponer a recibir al Señor indignamente, y cometer así un sacrilegio. El problema no es sólo mi pecado, es problema sobretodo es el respeto que Dios merece: no puedo exponer la Eucaristía a semejante afrenta. Sin necesidad no sería lógico correr ambos riesgos.

Por esto la Iglesia, para cuidar la dignidad del Sacramento y el alma de los fieles, impuso un precepto en el Concilio de Trento: que nadie con conciencia de haber cometido un pecado mortal se acercara a comulgar, por muy contrito que se sienta, sin haberse confesado antes.

Es decir, que hay una ley de la Iglesia que lo manda.

¿Tiene excepciones?

Sí, porque los preceptos eclesiásticos no obligan cuando hay una dificultad grave. El precepto divino no tiene excepción: no se puede comulgar en estado de pecado. El precepto eclesiástico puede tenerla: se podría comulgar en el estado de gracia obtenido mediante un acto de contrición perfecta aún antes de confesarse, si hubiera alguna dificultad grave. En este caso, una grave necesidad de Comulgar. Es decir, que si una persona tiene obligación de comulgar y no puede confesarse, puede hacer un acto de perfecta contrición y comulgar.

Un ejemplo: el sacerdote debe celebrar los sacramentos en estado de gracia. Si no lo estuviera cometería un sacrilegio. Además, cuando celebra Misa no puede no comulgar (la comunión del sacerdote forma parte de la ceremonia). Si, en un pueblo, el sacerdote estuviera en estado de pecado mortal, no tuviera con quien confesarse, y debiera celebrar la Misa para el pueblo, ¿qué tendría que hacer? Ese sacerdote debe hacer un acto de contrición perfecta y celebrar la Santa Misa.
Otro ejemplo: si omitir la comunión procurara un grave escándalo o infamia. Es el caso de una persona está en la cola para comulgar y de repente recuerda estar en pecado mortal (no lo sabía antes). Si no puede alejarse sin llamar gravemente la atención de los demás, puede comulgar haciendo un acto de perfecta contrición. Obviamente no es el caso de quien no quiere confesarse, sino de quien, de buena fe, se encuentra en esa situación.

Obviamente sin una necesidad real, y una dificultad grave también real, sería un grave abuso el incumplimiento de este precepto de la Iglesia, cuyo fin no es impedir a la gente la comunión, sino conseguir que lo haga dignamente, evitando todo peligro de sacrilegio. Sería absurdo exponerse a cometer un sacrilegio, para satisfacer las ganas de comulgar, o para evitar la vergüenza de dejar de hacerlo, o por la “necesidad” de recibir al Señor, etc., sin una necesidad grave de recibir la Eucaristía. De hecho, casi nunca hay obligación de comulgar (es el caso del sacerdote que celebra y algún otro caso excepcional).

¿Y si el sacerdote me deja?

A veces se escucha decir: “Pero, un sacerdote me dijo que comulgara... aun estando yo en unión libre o unión ilegal”. Entonces nos preguntamos, ¿puede un sacerdote eximir del cumplimiento de esta ley? No, porque no tiene ninguna potestad sobre ella. Si te lo dijo, se equivocó, no tendría que habértelo dicho. Hay cosas para las que se tiene poder, y cosas para las que no. Si no tengo poder de hacer algo, e intento hacerlo, el intento es vano, ya que lo hecho no tendrá ninguna validez. Sería como si un diácono quisiera consagrar: por mejor voluntad que le pusiera nunca conseguiría que el pan se convierta en el Cuerpo de Cristo, porque no tiene el poder de hacerlo. Si un sacerdote da permiso para hacer algo, en lo que no tiene potestad, el permiso es absolutamente inválido. Además un mal consejo no te excusa de pecado.

Por tanto, no pierdas el tiempo pidiendo permiso para comulgar: estar en condiciones de comulgar o no estarlo no depende del sacerdote que tengas delante.

Por otro lado, salvo el caso de personas que viven en situaciones irregulares, la solución es muy sencilla: acudir a confesarse.

En caso de las uniones ilegales o se casan o se separan, dijo el señor.


¿Para qué ir a Misa si no puedo Comulgar?

Para ofrecer a Dios el sacrificio redentor de Cristo. Es cierto que la Iglesia recomienda -para una participación más plena- que aquellos que están en condiciones de hacerlo, comulguen. Pero esto no quita que se pueda participar activamente en la Misa sin comulgar. Son dos cuestiones distintas. Y la comunión siempre presupone las debidas disposiciones, sin las cuales, haría daño, mucho daño al alma de quien comulga.

Además en el caso de la misa dominical, no asistir a Misa añadiría otro pecado mortal a la persona. El cumplimiento del precepto dominical es absolutamente independiente de la Comunión: se lo cumple con la asistencia a Misa y punto.

La insistencia de la Iglesia

La Iglesia ha insistido tanto en este tema en documentos recientes que resulta realmente doloroso que haya quienes propongan una práctica contraria a esta enseñanza.

Lo que la Iglesia enseña y quiere está clarísimo para quien sepa leer y quiera obedecer.

Le pediría a quien difunda lo contrario, que tenga al menos la honestidad de decir a los fieles que no es eso lo que la Iglesia sostiene. De lo contrario estaría engañándolos en su buena fe.

Decirle a un fiel: “comulgá y después te confieso” (salvo los casos excepcionales de necesidad grave de comulgar) es descabellado, significa tanto como decirle: “cometé un sacrilegio y después te confieso”. No, mejor no cometas el sacrilegio.


P. Eduardo Volpacchio

capellania@colegioelbuenayre.edu.ar


ANEXO: Algunos textos del Magisterio reciente

Catecismo de la Iglesia Católica, n 1385:

Debemos prepararnos para este momento tan grande y santo. S. Pablo exhorta a un examen de conciencia: "Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma entonces del pan y beba del cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo" (1 Cor 11,27-29). Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar.

Instrucción Redemptionis Sacramentum

De la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Sobre algunas cosas que se deben observar o evitar acerca de la Santísima Eucaristía (25.3.2004)

n. 81. La costumbre de la Iglesia manifiesta que es necesario que cada uno se examine a sí mismo en profundidad, para que quien sea consciente de estar en pecado grave no celebre la Misa ni comulgue el Cuerpo del Señor sin acudir antes a la confesión sacramental, a no ser que concurra un motivo grave y no haya oportunidad de confesarse; en este caso, recuerde que está obligado a hacer un acto de contrición perfecta, que incluye el propósito de confesarse cuanto antes.
n. 87. La primera Comunión de los niños debe estar siempre precedida de la confesión y absolución sacramental.

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica (28.6.2005)

291. ¿Qué se requiere para recibir la sagrada Comunión?

Para recibir la sagrada Comunión se debe estar plenamente incorporado a la Iglesia Católica y hallarse en gracia de Dios, es decir sin conciencia de pecado mortal. Quien es consciente de haber cometido un pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar. Son también importantes el espíritu de recogimiento y de oración, la observancia del ayuno prescrito por la Iglesia y la actitud corporal (gestos, vestimenta), en señal de respeto a Cristo.

Juan Pablo II, Encíclica Ecclesiae de Eucaristía (17.4.2003)

36. La comunión invisible, aun siendo por naturaleza un crecimiento, supone la vida de gracia, por medio de la cual se nos hace «partícipes de la naturaleza divina» (2 Pe 1, 4), así como la práctica de las virtudes de la fe, de la esperanza y de la caridad. En efecto, sólo de este modo se obtiene verdadera comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. No basta la fe, sino que es preciso perseverar en la gracia santificante y en la caridad, permaneciendo en el seno de la Iglesia con el «cuerpo» y con el «corazón»; es decir, hace falta, por decirlo con palabras de san Pablo, «la fe que actúa por la caridad» (Ga 5, 6).

La integridad de los vínculos invisibles es un deber moral bien preciso del cristiano que quiera participar plenamente en la Eucaristía comulgando el cuerpo y la sangre de Cristo. El mismo Apóstol llama la atención sobre este deber con la advertencia: «Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba de la copa» (1 Co 11, 28). San Juan Crisóstomo, con la fuerza de su elocuencia, exhortaba a los fieles: «También yo alzo la voz, suplico, ruego y exhorto encarecidamente a no sentarse a esta sagrada Mesa con una conciencia manchada y corrompida. Hacer esto, en efecto, nunca jamás podrá llamarse comunión, por más que toquemos mil veces el cuerpo del Señor, sino condena, tormento y mayor castigo».

Precisamente en este sentido, el Catecismo de la Iglesia Católica establece: «Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar». Deseo, por tanto, reiterar que está vigente, y lo estará siempre en la Iglesia, la norma con la cual el Concilio de Trento ha concretado la severa exhortación del apóstol Pablo, al afirmar que, para recibir dignamente la Eucaristía, «debe preceder la confesión de los pecados, cuando uno es consciente de pecado mortal».

37. La Eucaristía y la Penitencia son dos sacramentos estrechamente vinculados entre sí. La Eucaristía, al hacer presente el Sacrificio redentor de la Cruz, perpetuándolo sacramentalmente, significa que de ella se deriva una exigencia continua de conversión, de respuesta personal a la exhortación que san Pablo dirigía a los cristianos de Corinto: «En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios!» (2 Co 5, 20). Así pues, si el cristiano tiene conciencia de un pecado grave está obligado a seguir el itinerario penitencial, mediante el sacramento de la Reconciliación para acercarse a la plena participación en el Sacrificio eucarístico.

Instrumentum laboris del XI Sínodo de Obispos (Octubre, 2005)

13. (...) La pertenencia a la Iglesia es prioritaria para poder acceder a los sacramentos: no se puede acceder a la Eucaristía sin haber antes recibido el Bautismo o no se puede retornar a la Eucaristía sin haber recibido la Penitencia, que es el «bautismo laborioso» para los pecados graves. Desde los orígenes la Iglesia, para expresar tal urgencia propedéutica, instituyó respectivamente el catecumenado para la iniciación y el itinerario penitencial para la reconciliación.

22. El sacramento de la Reconciliación restablece los vínculos de comunión interrumpidos por el pecado mortal. Por lo tanto, merece una particular atención la relación entre la Eucaristía y el sacramento de la Reconciliación. Las respuestas indican la necesidad de proponer nuevamente esa relación en el contexto de la relación entre Eucaristía e Iglesia, y como condición para encontrar y adorar al Señor, que es el Santísimo, en espíritu de santidad y con corazón puro. Él ha lavado los pies a los Apóstoles, para indicar la santidad del misterio. El pecado, como afirma San Pablo, provoca una profanación análoga a la prostitución, porque nuestros cuerpos son miembros de Cristo (cf. 1 Co 6,15-17). Dice, por ejemplo, San Cesáreo de Arles: «Todas las veces que entramos en la iglesia, reordenamos nuestras almas, así como quisiéramos encontrar el templo de Dios. ¿Quieres encontrar una basílica reluciente? No manches tu alma con la inmundicia del pecado».

La relación entre Eucaristía y Penitencia en la sociedad actual depende mucho del sentido de pecado y del sentido de Dios. La distinción entre bien y mal frecuentemente se transforma en una distinción subjetiva. El hombre moderno, insistiendo unilateralmente sobre el juicio de la propia conciencia, puede llegar a trastrocar el sentido del pecado.

23. Son muchas las respuestas que se refieren a la relación entre Eucaristía y Reconciliación. En muchos países se ha perdido la conciencia de la necesidad de la conversión antes de recibir la Eucaristía. El vínculo con la Penitencia no siempre es percibido como una necesidad de estar en estado de gracia antes de recibir la Comunión, y por lo tanto se descuida la obligación de confesar los pecados mortales.

También la idea de comunión como «alimento para el viaje», ha llevado a infravalorar la necesidad del estado de gracia. Al contrario, así como el nutrimento presupone un organismo vivo y sano, así también la Eucaristía exige el estado de gracia para reforzar el compromiso bautismal: no se puede estar en estado de pecado para recibir a Aquel que es «remedio» de inmortalidad y «antídoto» para no morir.

Muchos fieles saben que no se puede recibir la comunión en pecado mortal, pero no tienen una idea clara acerca del pecado mortal. Otros no se interrogan sobre este aspecto. Se crea frecuentemente un círculo vicioso: «no comulgo porque no me confesé, no me confieso porque no cometí pecados». Las causas pueden ser diversas, pero una de las principales es la falta de una adecuada catequesis sobre este tema.

Otro fenómeno muy difundido consiste en no facilitar, con oportunos horarios, el acceso al sacramento de la Reconciliación. En ciertos países la Penitencia individual no es administrada; en el mejor de los casos se celebra dos veces al año una liturgia comunitaria, creando una fórmula intermedia entre el II y el III rito previsto por el Ritual.

Ciertamente es necesario constatar la gran desproporción entre los muchos que comulgan y los pocos que se confiesan. Es bastante frecuente que los fieles reciban la Comunión sin pensar en el estado de pecado grave en que pueden encontrarse. Por este motivo, la admisión a la Comunión de divorciados y vueltos a casar civilmente es un fenómeno no raro en diversos países. En las Misas exequiales o de matrimonios o en otras celebraciones, muchos se acercan a recibir la Eucaristía, justificándose en la difundida convicción que la Misa no es válida sin la Comunión.

24. Ante estas realidades pastorales, en cambio, muchas respuestas tienen un tono más alentador. En ellas se propone ayudar a las personas a ser conscientes de las condiciones para recibir la Comunión y de la necesidad de la Penitencia que, precedida del examen de conciencia, prepara el corazón purificándolo del pecado. Con esta finalidad se retiene oportuno que el celebrante hable con frecuencia, también en la homilía, sobre la relación entre estos dos sacramentos. »